Ya hace un tiempo que comencé a caminar hacia las afuera de una ciudad y con un destino que deparaba sorpresas, alegrías y tristezas. Caminar implica una temporalidad perceptiva que deja lugar a detenerse en los detalles, en la arquitectura, en las miradas en la voces y en el ritmo de un andar que marca la velocidad con la que las imágenes aparecen, desaparecen y se transforman en la inercia del dinamismo perceptivo. Caminar implica reducir la velocidad cotidiana de las sensaciones, del pensar. Este camino es un camino muy particular, lleno de desconocimientos, de intriga en las miradas de las personas, ojos con sabor a pregunta, personas con dudas. Es llamativo como en determinados lugares lo nuevo tiene como condimento una pizca de extraño pero a su vez de interesante, de hostil quizás. Como sabrán lo nuevo como así lo desconocido suele despertar ansiedades en los demás, pero también a menudo suele llevar a la elaboración de respuestas un tanto apresuradas ante esas preguntas...
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