¿Para que sirve el amor?
¡Es obvio… para nada! Podría contestar un poeta, un loco, un niño o un psicodramatista (que es un poco de cada uno)..
El capitalismo, su mercado y sus mercancías sin dudas que han envuelto y encapsulado casi todas aquellas esferas o dimensiones de la subjetividad y el amor no escapa a ello.
A ese amor alcanzado por el neoliberalismo podríamos llamarlo “amor utilitario”, es decir aquel amor que sirve para algo, tal como Marx define el valor de uso y el valor de cambio de las mercancías. Un amor al servicio del intercambio, un amor con utilidad para alguien.
Este amor utilitario pareciera estar preso de esa lógica de intercambio de las mercancías, “te doy mi amor, pero vos me tenes que das algo a cambio”, llámese el “amor que necesito” como refuerzo de mi propio narcisismo, o para sacar un provecho material, una posición o reconocimiento social, o incluso, como un totem-objeto de lo deseable por otres.
Desde el banquete platónico Uds. me podrían objetar que el amor utilitario no es un amor verdadero, como si ese amor verdadero existiera como ideal guardado en el olimpo de lo perfecto según Platón. Por el contrario, si lo pensamos desde una filosofía vitalista o nihilista, nuestra posición, claramente pensaremos al amor en clave de interpretación, no en términos de hechos o ideas puras.
Mi pensar va por el lado de que hay muchos tipos de amor, casi tantos como agenciamientos posibles diría Deleuze y Guattari, pero sin dudas, el amor utilitario es uno de los mas representativos de nuestra actualidad social y que no es otra que la sociedad de la imagen y el mercado.
No es sin consecuencias acercarse al otro y construir un lazo basado o centrado en la utilidad. También construye subjetividad y otredad en torno a lo que Erik Fromm llamaba “el tener”, la propiedad, en su magnifico libro “Del Tener al Ser”. El problema comienza a instituirse como síntoma social cuando, según el autor, nos quedamos coagulados en el tener como único objetivo o proyecto vital, sin querer o sin poder pasar a ocuparnos y preocuparnos por el ser. Otra modalidad del tener contemporáneo es el hacer: “me ama porque hace cosas por mí, lo amo porque me dedico la vida a hacer cosas por él/ella”.
Si algo aprendimos con el psicoanálisis de Lacan es que de lo que sufre el neurótico siempre se refiere al campo del ser y del amor, y hoy, cada vez más, nos encontramos inmersos es una nueva epidemia, tal vez inédita al menos en este nivel de masividad y que podríamos llamar con el nombre de "epidemia existencialista".
Cada vez más urge dar respuesta a las crecientes problemáticas de salud mental en un contexto en donde las preguntas y el interés sobre el ser se han debilitado, o directamente han desaparecido del proyecto vital de las personas
La mayoría de las personas que las padecen, en general, no conectan ese sufrir con sus coordenadas vitales y sociales, es decir con aquellas cuestiones con las cuales el sujeto se orienta para tomar sus decisiones y con aquellas otras con las que va al encuentro de un otro. Estos valores, representaciones, ideas que conforman la propia posición frente al deseo y la construcción del ser.
Ese estado de no pregunta sobre el ser y la propia recaída en la inmediatez (Samaja) de la existencia, conforman una fetichización del síntoma y el sufrimiento psíquico, es decir, el ocultamiento de su génesis, la causa, a partir de un criterio ontológico sobre lo que sucede: “lo que me pasa es por el otro, por algo, por esto o aquello”.
Nos hemos olvidado de la pregunta por el ser, tal como Nietzsche denunciaba hace ya mas de un siglo atrás, y sin duda, que esta ausencia de pregunta sobre quienes somos y quienes queremos ser en términos metafísicos, influye en lo que esperamos y buscamos en la forma en que construimos nuestra demanda de amor.
Y si olvidamos el ser, que difícil se nos pone el camino del amor en clave existencialista: pensar, sentir, el ser del otro desde la propia pregunta por la existencia humana.
Lacan decía, “amar es dar lo que no se tiene a quien no es” ….
¡Vaya definición de amor!
Para mí, la definición más profunda que haya existido jamás: Ese amor despojado de toda ontología, de todo tener, construido en ese campo en donde la propia falta coincide con la del otro, espacio genuino si los hay y que podríamos llamar, el espacio del ser con el otro.
Ni para el otro, ni por el otro, sino con el otro que no es.
Ese espacio "entre" que no es del orden de la geometría del objeto sino más bien, de la topología del abrazo que amalgama dos existencias que no son.

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