Empleo público y Dignidad Humana: Entre la Autonomía, la Salud Mental y la Transformación del Trabajo. (2026)
Introducción.
El concepto de dignidad humana no es una noción estática, sino un campo de reflexión filosófica que fundamenta tanto la moralidad moderna occidental, como el derecho internacional, ya que se encuentra presente en las distintas constituciones nacionales de los países que adhieren a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En el marco de este trabajo, nos parece importante destacar dos artículos en mencionada declaración:
Articulo 1: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros».
Articulo 23: «1) Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo.
2) Toda persona tiene derecho, sin discriminación alguna, a igual salario por trabajo igual. 3) Toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria, que le asegure, así como a su familia, una existencia conforme a la dignidad humana y que será completada, en caso necesario, por cualesquiera otros medios de protección social. 4) Toda persona tiene derecho a fundar sindicatos y a sindicarse para la defensa de sus intereses».
Desde esta relación intrínseca e inseparable entre el concepto de dignidad y trabajo, es que nos proponemos indagar en el presente ensayo, las relaciones entre dignidad, empleo público y salud mental.
No nos centraremos en la relación dignidad-salario ya que consideramos casi una obviedad, que la remuneración obtenida por el trabajo, es la base material sobre la cual cualquier reflexión metafísica o filosófica sobre la dignidad debe apoyarse. Dicho de otra manera, la primer premisa de la que partimos, es que para que un sujeto humano pueda empezar mínimamente a considerarse en condiciones dignas, tiene que poder acceder a condiciones básicas y mínimas de vivienda, salud y alimentación. Condiciones que hoy, en numerosos sectores del empleo público, no se cumplen, incluso, bajo la orbita de gobiernos que en el plano del discurso parecieran ser progresistas y defensores de los derechos laborales, pero que en el hacer, en la praxis, es decir, en el «modo de producción» del servicio público, reproducen modos de relaciones sociales que son típicos del sector privado, del mundo empresarial y gerencial, del libre mercado, es decir, del capitalismo hecho y derecho. Entonces en el contenido del discurso estamos a favor de los derechos humanos y los derechos de las y los trabajadores, pero luego en la practica reproducimos relaciones clientelares, amiguismos y sostenemos o generamos condiciones de precariedad laboral en el empleo público.
En el relato, también estamos obviando el discurso de los sectores liberales de derecha, debido a que para ellos el pensamiento y el desarrollo del estado, no forma parte de sus objetivos o de su agenda política, sino que muy por el contrario, conforma un obstáculo a sus intereses centrados en la libertad de mercado. En este sentido, la estrategia de estos grupos es achicar el estado y no fortalecerlo.
La excusa de los sectores pseudo progresistas para sostener la precarización laboral de los empleados públicos suele apoyarse sobre cierto pragmatismo de gobierno, afirmando que estas decisiones se toman para achicar el gasto público destinado a sueldos y hacer posible la concreción de una «agenda» de gobierno que esta fundamentada en el bien común (y que llamamos «electoralista»). Esto ultimo «permitiría», al pseudo progresista y a su «proyecto» sostenerse en el poder ya que promete cumplir de esa manera, con la «ejecución futura» de un plan que supuestamente nos integre a todos y todas en derechos y dignidad. Claramente, en el mientras tanto, el trabajador público como el ciudadano en general, debe comer y pagar las cuentas, debe sostener y cuidar su salud física y mental, y al no poder hacerlo, se erosiona su dignidad y por ende su condición humana, y por lo tanto, cualquier esperanza del «bien común». Otra excusa que se suele «ver», se apoya sobre la idea de que el «buen trato» humano o las «mejores condiciones de trabajo» quedan confinadas a una idea bastante precaria de quienes son los «mejores trabajadores», pero que, «casualmente» (nótese la ironía), suele coincidir con «los propios» militantes del grupo político de la conducción, del partido o del frente electoral, ya que según ellos, son los «únicos» que guardan lealtad con el proyecto político basado en el «bien común». Pero lo cierto, es que esa lealtad, muchas veces, no suele estar orientada ni siquiera al proyecto, y muchos menos a la supuesta ideología del partido y/o a sus valores metafísicos que orientarían el hacer, sino que en la mayoría de los casos, conforman «lealtades» a las personas de carne y hueso a cambio de algún tipo de beneficio, típico de la lógica clientelar (en el sentido del concepto de «clientelismo político» de la ciencia política, pero también en el sentido del intercambio económico servicio-cliente del mundo del mercado). Claramente, como consecuencia de orientar el deseo hacia intereses individuales o meramente económicos propios de la «lealtad personificada», no se garantiza que se mejore la capacidad profesional de las y los trabajadores del sector público, y mucho menos, de quienes lo hacen por un beneficio propio o individual. Para que este salto de «calidad» tenga lugar en el ámbito del trabajo estatal, tiene que poder producirse ese valor de servicio trascendental o ético (eje central del presente trabajo), que empuja a una persona a ser cada día mejor en su trabajo en pos de la «cosa pública». Y no solo en el plano de la praxis laboral individual de cada trabajador, sino también en los objetivos de conducción y gestión política.
Lo que no suele decirse, ni enunciarse, y muchas veces ni siquiera es visibilizado, es que tras este pragmatismo maquiavélico «del fin justifica los medios», al mismo tiempo, se colabora con la consolidación de un modo de producción, una estructura de relaciones de trabajo, que justamente, en general, es propia de los intereses de la derecha y del poder hegemónico capitalista.
Entonces, la «lucha política» entre el pseudo progresismo y los liberales de derecha, suele darse en el plano del contenido y del marketing, pero no en el plano de la estructura (relaciones de producción), como así tampoco, en el de la superestructura (ideología).
El valor del trabajador y de su actividad se han devaluado en su dimensión trascendental, metafísica, es decir, como valor de lo humano en si mismo (esta es la tesis de Marx sobre el ser genérico). Ahora, el trabajo y el hombre mismo en cuanto ser humano, ha devenido solo un medio para tal fin, ya sea tanto para los grupos de la derecha como para los grupos del pseudo progresismo. En este estado de cosas, guardaremos el nombre de «progresismo verdadero» para aquellas agendas políticas en donde el discurso progresista, coincide con la estructura de su hacer concreto.
Desde la perspectiva filosófica de Immanuel Kant hasta las revisiones contemporáneas de Jürgen Habermas y las críticas sociales de Karl Marx, la dignidad se erige como el valor supremo que prohíbe la instrumentalización del ser humano, es decir, su reducción a un “medio” o a una “cosa”.
Recordemos algunas formas históricas de cosificar al ser humano: la esclavitud colonial y neocolonial, el genocidio nazi, la violencia de género, la trata de personas y en distinto grado o nivel, el proletariado dentro del sistema capitalista, que debido a su actividad productiva alienada, deviene un mero engranaje en la línea de producción. Ahora pensemos, ¿Cómo nos hemos sentido en nuestros trabajos?, ¿Cuál ha sido nuestra experiencia con nuestros jefes?. Ya sea en el ámbito privado como en el público, seguramente sin mucho esfuerzo, todas y todos podamos nombrar a alguna característica de la actividad laboral que podemos extrapolar al régimen capitalista que describía Marx, e incluso, a otros procesos mas graves de «cosificación».
Desde nuestra postura, y seguramente también la de varios de Uds., el estado moderno democrático debiera ser otra cosa distinta: ni reproductora de una relación de dominación del tipo amo-esclavo, ni de explotación como el burgués con el proletariado, ni de lógica clientelar como en el ámbito del servicio privado, aunque muchas veces, se reproduzcan situaciones o modos de relaciones laborales similares. La idea de estado moderno debería estar sujetada a las ideas de nación, pueblo, derechos, participación, ciudadanía y democracia, pero no se nos escapa, que muchas veces y con algunos gobiernos, se intenta fundir o mejor dicho confundir, lo trascendental ético y sus principios de libertad e igualdad, con lo «liberal» en el plano del libre mercado. No obstante, en torno a los «imperativos kantianos» y al concepto de dignidad, no podemos mas que refutar esa relación, ya que la idea de libertad en el mercado no es una libertad para todxs, sino una pseudo libertad para algunos pocos (por esa misma razón, el liberalismo del libre mercado, se contradice con el estado de bienestar del progresismo).
Si bien podríamos hacer aquí un desarrollo desde la Psicología Laboral sobre todas las posibles relaciones entre trabajo y salud mental, nos limitaremos solo a enunciar y focalizar en los conceptos o relaciones que consideramos que hacen foco en la dignidad y el empleo público, y por ende, en torno a la idea del «ser» y su condición humana. El concepto de dignidad tiene una enorme potencia reflexiva, ya que apunta de forma directa a los fundamentos éticos y morales de la praxis en todas las dimensiones del hacer humano.
Para finalizar la introducción, queremos decir que este debate se vuelve crítico y necesario en la actualidad, especialmente en el ámbito público, donde la organización laboral y la construcción de identidad en torno a ella, pueden ser un espacio de realización laboral y del «bien común», o por el contrario, un generador de psicopatologías que erosionan la identidad y la dignidad del sujeto trabajador, y en consecuencia, como veremos con Kant, de toda la humanidad.
El Fundamento Ontológico y Moral: Kant y Habermas.
Entonces, para Immanuel Kant, la dignidad es un valor intrínseco e incondicionado que se opone radicalmente al concepto de «precio». Mientras que las cosas pueden ser intercambiadas por su «valor de cambio» (con un papel moneda por ejemplo), aquello que constituye la condición para que algo sea un fin en sí mismo, posee dignidad. Según Michelini (2010), el fundamento de esta dignidad es la autonomía moral: la capacidad del ser humano, como ser racional y libre, de auto legislarse y actuar según principios morales. Bajo el imperativo categórico kantiano, el ser humano debe ser tratado siempre como un fin y nunca solamente como un medio, una premisa que prohíbe cualquier forma de objetivación o mercantilización de la persona. La reflexión Kantiana en torno a la dignidad y al imperativo categórico, incluye entonces, la idea de que cuando se «hiere» a la humanidad de un ser individual, de un sujeto, en realidad, se esta erosionando al mismo tiempo, la categoría trascendental de lo humano mismo, lo que en términos actuales sería homologo a la degradación del fundamento mismo de la dignidad como derecho humano universal, tal como vimos al inicio. Es interesante el planteo, porque aquí se puede ver muy bien la distancia que suele producirse entre ciertos discursos políticos y sus prácticas concretas.
Por su parte, Jürgen Habermas desplaza este concepto desde la conciencia individual hacia la intersubjetividad comunicativa. Para Habermas (2010), la dignidad no es una propiedad natural, sino una cualidad que emerge en el reconocimiento mutuo dentro de una comunidad de seres capaces de lenguaje y acción. Farfán Pinoargote (2025) señala que Habermas concibe la dignidad como un «concepto puente» que traduce las intuiciones morales en instituciones jurídicas mediante la deliberación democrática. Así, la dignidad se realiza cuando cada individuo es considerado un interlocutor legítimo e igual en la esfera pública.
La Crítica Social y la Emancipación del Trabajo: Marx y Abensour.
Desde una óptica distinta, Karl Marx (1987) critica la concepción liberal de los derechos humanos por considerarlos herramientas que protegen al «hombre egoísta» de la sociedad civil burguesa. Para Marx, la emancipación política —aquella que otorga derechos ciudadanos abstractos— es insuficiente si no se alcanza la emancipación humana. La dignidad, en este sentido, requiere superar la alienación del trabajo, donde el hombre pone su actividad bajo el imperio de un poder ajeno: el dinero, el capital, o incluso, la burocracia estatal.
Miguel Abensour (1998) profundiza en esta crítica al proponer una «verdadera democracia» en la que el demos (el pueblo) no se enajene en la figura del Estado. En este esquema, los derechos no serían una concesión estatal, sino un «producto libre» de la humanidad. La dignidad humana se vincula aquí con la capacidad del sujeto para no ser dominado por estructuras burocráticas o normativas que, aunque nacieron para protegerlo, terminan por absolutizarse y someterlo, reduciendo su capacidad productiva, de inteligencia y creación, a una actividad que solo depende de la obediencia hacia un otro con «más» poder.
La Dignidad, Capitalismo y Trabajo en el sector Público.
En relación a estos debates, explorar la relación entre el trabajo y la salud mental es necesaria y urgente. En una era marcada por la precariedad laboral y los lazos sociales fragmentados en el marco de la mercantilización de la vida dentro del modelo de producción capitalista y la ideología neoliberal, el criterio kantiano de la no-instrumentalización «del ser», puede devenir una herramienta útil contra el tratamiento del trabajador como una simple «mercancía» con precio.
El trabajo no debe ser entendido únicamente como un medio de subsistencia aislado de todas las demás dimensiones de la vida humana, sino como un espacio donde debe respetarse la autonomía, la autodeterminación del sujeto y la salud tanto física como mental. Relación laboral que debería llevarse adelante dentro del mutuo reconocimiento digno y que no debería negar los derechos laborales y humanos, y mucho menos en el trabajo estatal, ya que éste es un ámbito en donde se supone que ese mismo trabajo es el que debe posibilitar y garantizar los derechos humanos en el conjunto de la sociedad.
Si recortamos como objeto de análisis el trabajo estatal, debemos tener en cuenta que la ética profesional y la concepción democrática de un estado de derecho, deberían fundirse para construir una brújula que oriente nuestras actividades hacia las necesidades del pueblo, volviendo a poner en foco de debate la condición humana como valor en sí mismo y no como una cosa o un mero engranaje de la maquinaria de la burocracia estatal.
En el ámbito del trabajo público, el trabajador encarna la tensión entre el «interés particular» y el «interés general«. Si, como sugiere Abensour (1998), la verdadera democracia es una lucha continua contra la estatización de la vida del pueblo, el trabajo público debe transformarse en una praxis comunicativa «habermasiana», donde el funcionario no sea un mero ejecutor burocrático, sino un facilitador de la inclusión y el reconocimiento mutuo entre los seres humanos, fomentando su participación en el «bien común» y el «ser genérico».
El trabajo público, para ser digno, debe aspirar a lo que Marx llamaba la re-unión del ser genérico (ser «un» humano). Esto implica que el trabajador público no debe desgajar su «fuerza social» bajo la forma de una «fuerza política» muchas veces ajena a los verdaderos intereses y necesidades del ciudadano, sino organizar sus funciones como fuerzas sociales al servicio de la comunidad y por ende del «ser genérico» (de la humanidad) . En este contexto, la dignidad humana en el servicio público, se construye cuando se garantiza que las instituciones sean el resultado de procesos colectivos, democráticos y deliberativos donde la voz de cada actor sea reconocida y vinculante en los procesos instituyentes de la «cosa pública».
Trabajo, Dignidad y Psicopatología.
La relación entre trabajo y dignidad no es solo filosófica y política, sino también, clínica. Según Christophe Dejours (2014), el trabajo es un «operador de salud» ya que permite la construcción de la identidad a través del reconocimiento. Sin embargo, las formas de organización del trabajo pueden generar padecimientos psicopatológicos cuando afectan la dignidad o el reconocimiento simbólico del sujeto.
Para Dejours (2014) existen las «patologías de la soledad» (aislamiento) y las «patologías de la servidumbre«, y están vinculadas de forma general con la desestabilización de la relación del sujeto con la actividad productiva, debido a métodos de gestión o de organización del trabajo, que ignoran la inteligencia, creatividad y autonomía del trabajador. La psicopatología del trabajo revela que, cuando el sujeto se encuentra ante la imposibilidad de realizar un trabajo de calidad o sufre acoso laboral (mobbing), se produce un derrumbe narcisista que puede dar lugar a profundas depresiones o intentos defensivos frente a la posibilidad de desubjetivación, como son el pasaje al acto o el acting out (psicoanálisis).
Las «patologías de la soledad» son formas clínicas específicas de sufrimiento en el trabajo provocadas por el aislamiento, la desestructuración de los colectivos y la falta de defensas grupales frente a las exigencias organizacionales. Estas patologías ocurren cuando el trabajador no puede compartir su dolor, llevando a la impotencia, depresión, acoso, e incluso, al suicidio.
Por el otro lado, las «Patologías de la Servidumbre» se refieren a los procesos de «servidumbre voluntaria» donde los trabajadores se vuelven cómplices y reproductores de los sistemas que los oprimen y puede manifestarse bajo las siguientes formas:
- Servidumbre Voluntaria: Los trabajadores movilizan su inteligencia de forma voluntaria para cumplir objetivos que a menudo son destructivos para el colectivo. La dominación externa no es suficiente; requiere que el individuo se «entregue» al sistema.
- Banalización del Mal: Inspirado en Hannah Arendt, Dejours plantea que los trabajadores pueden volverse cómplices de la injusticia (como el acoso a un colega) para mantener su puesto o estatus, normalizando el sufrimiento ajeno.
- Destrucción de la Solidaridad: Los nuevos métodos de gestión instalan un «sálvese quien pueda», sustituyendo la confianza y la lealtad entre pares, por la deslealtad y la soledad.
- Consentimiento y Acoso: Se observa cómo personas que luego son víctimas de acoso fueron previamente testigos silenciosos o incluso estuvieron implicados en maniobras de acoso contra otros (relación con el pasaje de lo pasivo a lo activo en Freud que abordaremos más abajo).
El acoso laboral (o mobbing) se define como toda conducta abusiva que se manifiesta a través de comportamientos, palabras, actos, gestos, escritos pautas u organizaciones del trabajo que pueden ocasionar perjuicios a la persona, a su dignidad o a su integridad física o psíquica. Estas acciones ponen en peligro también el empleo de la víctima y/o degradan profundamente el clima de trabajo.
Para comprender este concepto de manera integral, es necesario considerar los siguientes aspectos clave:
- Naturaleza Sistémica (Mobbing): De acuerdo con Heinz Leymann (citado por Dejours), el acoso no siempre consiste en actos de violencia física evidente, sino en prácticas hostiles que, tomadas de forma aislada, podrían parecer insignificantes, pero cuya repetición constante genera efectos nocivos en la salud mental del trabajador. Existen listas de hasta 45 tipos de prácticas características, como los insultos públicos o la privación de material necesario para trabajar.
- La Psicodinámica: Desde el análisis psicopatológico, el acoso laboral suele establecerse como una relación circular entre un acosador —quien frecuentemente presenta una organización de tipo «perverso narcisista»— y una víctima. El acosador busca la abolición del pensamiento subjetivo del otro, tratándolo como un objeto (un proceso de «cosificación» que ya relacionamos con el concepto de dignidad) para proteger su propio equilibrio narcisista ante el miedo o la presión de un otro. En general intenta defenderse de sus propias limitaciones e inseguridades, al mismo tiempo que las oculta, y «refuerza» su yo mediante rasgos de carácter autoritarios, para mostrar hacia afuera, «poder», «seguridad y «autoridad».
- Relación con la Organización del Trabajo: El acoso puede no ser solo un conflicto interpersonal, sino que puede estar estrechamente ligado a las formas de gestión. Factores como: la sobrecarga de tareas; métodos de management por objetivos que no respetan los horarios laborales o las tareas previamente consensuadas; reestructuraciones no planificadas que se imponen con absoluta verticalidad; o la llegada de nuevos superiores jerárquicos que desconocen la dimensión histórica e identitaria de lxs trabajadores, suelen ser caldos de cultivo para estos procesos. En muchos casos, el acoso se inscribe en una negación del vínculo del trabajador con el «trabajo real» (diferente al trabajo «ideal» o «pensado»), donde se impide al trabajador realizar una labor de calidad, sometiéndolo a órdenes contradictorias o tareas descalificadoras, en función a un «trabajo ideal» (no real), y que muchas veces es imposible de lograr sin las condiciones de posibilidad adecuadas.
- Impacto en la Dignidad y la Salud: El acoso moral ataca directamente la dignidad del sujeto, provocando un «derrumbe narcisista». Clínicamente, esto se traduce en cuadros de ansiedad, depresión, trastornos del sueño, fatiga crónica, hipervigilancia y una pérdida severa de la autoestima. La víctima suele encontrarse en una situación de aislamiento, ya que el proceso de acoso a menudo cuenta con el consentimiento silencioso de los colegas, quienes no intervienen por miedo a convertirse también, en objetos del hostigamiento.
En resumen, el acoso laboral es una forma de violencia laboral que utiliza la repetición de conductas abusivas que desestabilizan la identidad del trabajador, siendo un fenómeno que la psicopatología del trabajo, vincula tanto a rasgos de personalidad específicos como a entornos organizacionales (relaciones de producción en términos marxistas) que instrumentalizan el sufrimiento.
Por otro lado, la sintomatología depresiva vinculada al trabajo, a menudo incluye una vivencia de «falta de dignidad«, donde el sujeto se siente inútil o incapaz de cumplir con las prescripciones contradictorias de la organización. Estas contradicciones entre “la orden de un jerárquico o funcionario” y las “condiciones concretas de posibilidad para realizar esa tarea», suelen cronificarse en el tiempo, generando frustraciones constantes y en muchas situaciones, lesiones a la propia autoestima debido a la instalación de un discurso meritocrático que además, suele generar culpa y necesidad de autocastigo.
Cuando el trabajo se reduce a una ejecución mecánica o instrumental, tratando al hombre como un medio y no como un fin (su humanidad inmanente), se reduce la capacidad de sublimación, transformando el sufrimiento en patología en lugar de placer o autorrealización, en donde la creatividad y el sentido de pertenencia tendrían un lugar significativo (referencia a como Freud aborda la relación con el trabajo en su obra «El malestar en la Cultura» de 1930. También abordamos el sentido de pertenencia en torno al modo de liderazgo en el siguiente artículo).
También puede suceder que el o la trabadora para intentar defenderse contra su perdida de dignidad y los procesos de desubjetivación que la tratan de forma pasiva y objetalizada, comience a realizar conductas que podríamos denominar como «micro rebeldías» y que se diferencian de las «rebeldías organizadas«, ya que estas ultimas son procesos contra hegemónicos que intentar generar cambios de manera colectiva. Las «micro rebeldías» son acciones individuales no organizadas: frente a las normas, ordenes o pautas que le son impuestas por medio de estas estrategias alienantes, el trabajador puede responder de forma inconsciente o consciente, con llegadas tarde de forma recurrente, quejas por todo y todo el tiempo, o simplemente «llevar la contra» sin razón aparente. Estos modos intentan devolverle al sujeto, una porción de la dignidad perdida, transformando la pasividad frente al sometimiento de mandatos arbitrarios, en conductas que revindiquen la actividad, la libertad y la voluntad en un intento de control sobre la propia vida. En muchas situaciones, por no decir la mayoría de las veces, no debe interpretarse estas conductas como un «capricho» del trabajador, sino mas bien, como una suerte de mecanismo de defensa que intenta devolverle al sujeto su propia dignidad humana y su capacidad de lucha para defenderla.
La transformación de lo pasivo en lo activo es un mecanismo de defensa freudiano (y destino de pulsión) donde el yo, para evitar la angustia, pasa de ser objeto de una acción (pasivo) a ser sujeto que la ejecuta (activo). Permite gestionar impulsos inaceptables tomando control, cambiando la posición de «ser víctima» a «ser verdugo» o agente de la acción (Freud, 1915).
También es usual, que desde el equipo de conducción no formado en liderazgo de grupos, se intente aplicar estrategias de disciplinamiento o control sobre estas «micro rebeldías», pero muy rápidamente se darán cuenta que caen en saco roto, debido a que si las condiciones de indignidad se sostienen, el trabajador buscará la forma de defenderse de esa situación, mayoritariamente, de forma inconsciente. Justamente por ello, en el marco de uno de mis primeros trabajos con responsabilidades de liderazgo de equipos, me vi interesado a recurrir a nociones y conceptos del psicoanálisis vincular e institucional para re-pensar la forma en que debería conducir nuestra institución (ver trabajos).
Tal como señala Dejours, la implicación de las personas y los colectivos en el trabajo tiene un componente esencial y es la esperanza de una retribución que no solo se agota con un salario, sino que se trata también, de una retribución simbólica que conduce a la mayoría de las personas trabajadoras a la movilización de su subjetividad en pos del «buen trabajo» y de su «valor agregado». Esa retribución simbólica remite a los criterios de justicia, dignidad y equidad, y se expresa a través del reconocimiento, en el cual se distinguen dos formas de juicio: el juicio de utilidad del trabajo realizado, que otorga a la persona trabajadora un lugar en la sociedad y lo distingue de ser un inútil, y, el juicio de la belleza, que reconoce la pertenencia al equipo y la calidad del trabajo. Ambos juicios son muy importantes para la salud mental del trabajador, y según Dejours, eso se debe a que contribuyen a la identidad personal en el plano social, ya que se reafirma con el reconocimiento de los otros. La realización en el campo social, también pasa por el reconocimiento del trabajo como actividad en si misma, ya que posibilita una vivencia placentera ya que pasa a constituirse como posibilidad de realización del sí mismo. Esto se expresa, en primera instancia, en el reconocimiento del hacer, y luego, en una gratificación identitaria. No es un asunto de estatus social sino de encarnación de habilidades y capacidades, que aportan a la identidad de la persona, la cual se vincula, de forma directa e inmanente, con el ser total del trabajador, es decir, en su condición de dignidad humana.
Precarización y salud mental.
La inseguridad constante sobre la continuidad laboral puede activar mecanismos de defensa crónicos, llevando a cuadros de angustia y ansiedad. Desdibuja los proyectos vitales a largo plazo y establece metas cortas centradas en el pragmatismo de «llegar a fin de mes». De esta forma, se produce una suerte de «degradación» metafísica o simbólica, que es la que permitiría construir sentidos y proyectos de vida, dando lugar a una situación básica de supervivencia vital, que está mas cerca de nuestra condición animal que humana. Es así, como no sería sorpresa, que un sujeto se comporte y actúe de forma «menos sujetada» a las regulaciones simbólicas, culturales y normativas.
La falta de un proyecto de vida estable debido a la baja remuneración y el pluriempleo precarizado, generan sentimientos de desamparo y depresión, al mismo tiempo que estrés, y mayores posibilidades de conflictos comunitarios y laborales. El sufrimiento mental también puede traducirse en dolencias físicas como problemas musculoesqueléticos, fatiga crónica, hipertensión y alteraciones del sueño.
La precarización de las y los trabajadores erosiona los lazos sociales y la solidaridad laboral, promoviendo la competencia individual y la culpa, debido a la necesidad de supervivencia material del trabajador y al intento de conservar o mejorar la fuente de ingreso a “toda costa”. Esta competencia entre pares también genera conflictos laborales que afectan no solo el trabajo cotidiano, sino también el logro de objetivos centrados en la calidad de las intervenciones en el sector público, y por ende, también afectan al conjunto de la sociedad desde el punto de vista del servicio.
Este giro hacia la individualidad y la competencia en lugar de la cooperación y la construcción colectiva, al mismo tiempo, niega (en sentido dialéctico) la posibilidad de organización de las y los trabajadores, y por ende, la capacidad transformadora de la realidad laboral en pos de generar condiciones de trabajo más saludables y dignas.
Frente a esta pérdida del poder colectivo del trabajador, los sujetos quedan desprotegidos ante decisiones arbitrarias de cualquier administración, exacerbando el miedo, la ansiedad y una percepción constante de su propia vulnerabilidad. También lo aísla de redes de ayuda y contención que son muy necesarias para afrontar el sufrimiento y el malestar cotidiano.
Se invisibiliza, entonces, el trabajo meramente reproductivo y también se invisibilizan las malas condiciones laborales bajo un discurso de mérito, lo cual lleva a cronificar los efectos anómalos sobre la salud mental, al mismo tiempo que se invisibilizan sus causas.
De esta forma el padecimiento mental aparece como un emergente individual, cuándo en realidad, depende también, de las condiciones materiales y simbólicas del trabajo a las que se encuentra sujetado el trabajador debido a su necesidad de subsistencia (ver síntesis del materialismo dialéctico de Marx).
La Dignidad en el Servicio Público.
El servidor público suele encarnar el interés general del trabajo estatal (la ideología), pero a menudo, se enfrenta a una «gestión por objetivos arbitrarios o personales”, generando una contradicción con la ética del cuidado o el valor moral del servicio público.
En sectores como la salud, el trabajo social o el sistema de promoción y protección de derechos de infancias y adolescencias, el trabajador puede sufrir de burnout o agotamiento emocional al verse obligado a realizar un «desapego moral y ético» para sobrevivir a la presión institucional, lo que lesiona su propia dignidad y la de los usuarios.
Para que el trabajo público sea digno, debe transformarse en una praxis donde el funcionario no sea un mero ejecutor de ordenes, sino un facilitador del reconocimiento humano mutuo. La dignidad en el servicio público se manifiesta cuando las instituciones no se convierten en potencias extrañas situadas por encima del sujeto, sino cuando son el resultado de procesos deliberativos, construidos colectivamente y fundamentalmente, respetuosas de los derechos humanos y laborales, como así también, de los valores democráticos.
En el marco de la evidente crisis en salud mental que se manifiesta en la totalidad del país y en todos los ámbitos sociales, consideramos urgente que el Estado (municipal, provincial y nacional) asuma su responsabilidad en la garantía de condiciones laborales dignas para preservar la salud mental de su personal estatal, y a partir del trabajo de este último, poder abordar y mejorar con criterio y capacidad, la salud mental de todo el pueblo, preservando los valores democráticos, el acceso a justicia y el cumplimiento de todos los derechos humanos.
Organizarse, juntarse, no quedarse solo/a con el padecimiento, es hoy, una necesidad no solo política y de agenda de la clase trabajadora para la defensa de su propia dignidad y su trabajo, sino también, una prescripción para cuidar la propia salud mental.
Hay que volver a construir sentidos colectivos, jerarquizar los valores solidarios y volver a pensar en el bien común. Nuestra salud mental depende de ello.
¡Nadie se salva solx!
Conclusiones:
Vulnerar la dignidad (desde la dimensión material o moral) de una o un trabajador implica desconocer e ignorar los derechos humanos a los cuales nuestro país adscribe mediante su constitución nacional.
Las garantías de acceso a derechos del conjunto de la sociedad, depende de las mujeres y hombres que trabajan en el sector público, como así también de las estructuras de gestión de los distintos gobiernos municipales, provinciales y nacional.
Entonces, precarizar el trabajo estatal es homólogo a precarizar las garantías de acceso a derechos del conjunto de la sociedad.
Y tal como hemos demostrado, el no reconocimiento de la dignidad humana, afectará inevitablemente, a la salud mental individual y social.
Mientras que las «patologías de la soledad» rompen el vínculo social y el apoyo colectivo, las «patologías de la servidumbre» degradan la integridad moral y la identidad del trabajador al forzarlo a colaborar con su propia dominación.
Por último, entonces, se nos plantea la consecuente relación entre un Estado fortalecido e idóneo en el liderazgo, con el cuidado de la Salud Mental de las y los trabajadores y de toda la sociedad.
Recursero:
- https://www.argentina.gob.ar/trabajo/violencialaboral
- https://cicop.org.ar/secretaria-de-genero-y-derechos-humanos/violencia-laboral/
- https://revistas.unlp.edu.ar/RevistaAnalesJursoc/article/download/4275/4060/12232
Bibliografía:
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- Dejours, C. (2009). El desgaste mental en el trabajo. Modus Laborandis.
- Dejours, C. y Gernet, I. (2014). Psicopatología del Trabajo.
- Farfán Pinoargote, D. F. (2025). Visiones de la dignidad humana en Immanuel Kant y Jürgen Habermas. Multiverso Journal, 5(9), 111-123.
- Freud, S. (1992). Pulsiones y destinos de pulsión. En J. L. Etcheverry (Trad.), Obras completas: Sigmund Freud (Vol. 14, pp. 105-152). Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1915).
- Habermas, J. (2010). El concepto de dignidad humana y la utopía realista de los derechos humanos. Diánoia, 55(64), 3-25.
- Kant, I. (1996). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Porrúa.
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- Spaemann, R. (1987). Sobre el concepto de dignidad humana. En Das Natürliche und das Vernünftige (pp. 77-106). Piper. (Traducción de Daniel Innerarity).

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