La dimensión política de la vida humana, aunque mucha gente la asocia solo a la rivalidad partidaria, es necesaria para administrar la vida social de los pueblos a través de sus representantes y de las instituciones del estado. Entonces hay que diferenciar al “gobierno”, su proyecto y agenda político-partidaria, de las “instituciones del estado”, de las cuales depende el funcionamiento democrático y la administración concreta de la vida ciudadana en pos del “bien común”.
Si bien las instituciones del estado pueden cambiar debido a mencionada agenda político-partidaria, muchas de ellas, deben protegerse en su mantenimiento y continuidad, independientemente del gobierno de turno por la importancia de su rol social: buenos ejemplos pueden ser el sistema de salud pública, la administración de justicia o la educación pública.
La posición anti-política, entonces, implica una posición pseudo anarquista que confía en la voluntad individual para autorregularse y no considera necesario el poder del estado y por ende, tampoco su institucionalidad. No es necesario salirse del pensamiento común para pensar como seria una sociedad sin la administración del estado: la horda primitiva.
¿Y el ser ciudadano?
Freud, en el caso Dora, realiza una intervención que según Lacan es la que permite iniciar un proceso dialectico de cambio cuando el primero le dice a la segunda: “Observa cuál es tu propia responsabilidad en el desorden del mundo del cual te quejas”.
La queja ciudadana sin participación activa de la “cosa pública” se parece mucho a la posición histérica que Freud trataba de poner en jaque en el caso Dora.
Es una queja que invisibiliza no solo la propia responsabilidad en el “desorden del que te quejas”, sino que también pone al sujeto ciudadano en un rol pasivo, de obediencia frente a las determinaciones que vienen desde el Otro (aunque muchas veces no sea consciente de ello).
En este sentido, la queja no alcanza el carácter de “rebeldía” ya que no solo no produce ningún cambio sobre lo que uno se queja, sino que refuerza la pasividad, la inacción, y por ende el sostenimiento de las relaciones de dominación.
Votar forma parte de las responsabilidades ciudadanas para con toda la sociedad, pero solo influye sobre la determinación del gobierno, y el gobierno luego es el que decide sobre la parte institucional del estado. El problema está en la diferencia entre lo que “se dice” en el marco de una campaña electoral y lo que “se hace” luego con la institucionalidad del estado una vez que se asume el gobierno.
¿Entonces cual es la responsabilidad ciudadana para con las instituciones del estado?, ¿Solo queda en la resignación y la pasividad hasta las nuevas elecciones?, ¿y si el cambio de gobierno tampoco genera cambios en los funcionamientos institucionales que afectan negativamente a las y los ciudadanos? ¿Y si ese cambio de gobierno justamente perjudica o afecta todo lo logrado como son nuestros derechos y las instituciones que los garantizan?
Que los derechos logrados y las instituciones del estado funcionen, depende de todas y todos nosotros como ciudadanos y no solo del gobierno. Este ultimo solo las administra, pero si esa administración va en dirección contraria a los intereses y necesidades del pueblo, es necesaria nuestra participación y nuestra acción para que se retome el rumbo en dirección a las necesidades todas y todos nosotros.
¡No podemos esperar 4 años!
En el mientras tanto hay acciones políticas que afectan no solo el presente, sino también el futuro y que luego son muy muy difíciles de revertir o de subsanar. Un buen ejemplo es la deuda externa y la pérdida de soberanía e independencia que esto implica para las generaciones que siguen.
Debemos cuidar las instituciones públicas que administran la vida social, más allá de la pertenencia o la afinidad partidaria. ¡Tampoco nos podemos acostumbrar y naturalizar su mal funcionamiento!, y muchos menos, ser obsecuentes porque son administradas por el poder político de nuestra afinidad.
No cuidar las instituciones es homologo a no cuidarnos a nosotros mismos. ¡PARTICIPÁ!

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